jueves, 6 de octubre de 2016

¿Nacimos para ser justos?

Experimento con títeres revela que nacimos para ser justos

 Lunes, 3 de septiembre de 2012
Titere en experimento
Títeres y niños de tres años juegan, mientras los investigadores los observan.
Parece un juego de una feria de diversiones: una niña y un títere están jugando a pescar unos cubos miniatura llenos de moneditas. No obstante, se trata de un experimento psicológico.
Su meta es medir un concepto humano muy complejo: la justicia.
El juego es así: el títere (con la ayuda de un titiritero adulto) y el participante de tres años de edad acumulan los pequeños cubos. Luego, el equipo niña/títere recibe premios, uno por cada moneda que recolectaron.
Es entonces cuando el niño debe decidir cómo compartir su premio con su socio, el títere.
Este simple juego reveló que, a la edad de tres años, los niños escogen premiar a sus pares de acuerdo al mérito.
Los niños le dieron a los títeres más premios si se habían "esforzado más" en recolectar monedas.
Los resultados asombraron a Patricia Kanngiesser de la Universidad de Bristol, Inglaterra, la directora del estudio, que fue publicado la semana pasada en la revista PLoS One.
"Nos sorprendió encontrar esta conducta tan sofisticada presente en chicos de tres años de edad. Estudios previos indicaban que los niños no empiezan realmente a compartir según el mérito hasta que tienen seis años o más", dijo Kanngiesser.
Usar títeres hizo posible que los investigadores pudieran llevar a cabo un experimento controlado pero en el que en todo caso se revelara precisamente cómo los niños se comportarían con sus coetáneos en la vida real.

Justicia innata

Si niños pequeños con muy poca experiencia social entregaron más premios a un compañero que los merecía, ¿significa que los humanos están hechos para ser justos con los demás?

¿Cuán distintos somos de nuestros primos primates?

Chimpancé
Muchos científicos pensaban que los chimpancés comparten basándose en el mérito. Pero un estudio publicado en la revista Science en 2007 muestra que los chimpancés aceptan cualquier premio, sin importar si es justo o no.
Mientras que los niños parecen dispuestos a compartir con nuevos amigos, los otros primates parecen limitar su altruismo a la familia y amigos.
No obstante, un reciente estudio publicado en PNAS reveló que los capuchinos y los callithrix están entre los primates más generosos, a menudo ofreciéndole comida incluso a miembros de otros grupos.
Lo que sí parece diferenciar a los humanos de los primates es la capacidad de ser rencorosos. Un estudio publicado en PNAS en 2007 encontró que los chimpancés, a diferencia de los humanos, no se vengan de quienes los han herido.
Establecer si el concepto de justicia es aprendido o innato es "la cuestión más difícil de todas", para el coautor de este estudio, el profesor Felix Warneken de la Universidad de Harvard, EE.UU., quien ha estado estudiando la conducta cooperativa en niños y chimpancés durante casi una década.
"Lo único que podemos hacer es descartar posibilidades con nuestros experimentos", explica. "Podemos descartar que requiere de educación formal o un razonamiento sofisticado sobre incentivos".
"(La justicia) es algo que emerge en las más tempranas actividades de los niños con sus pares", señala su colega, Kanngiesser, y asegura que "hay una predisposición natural en los humanos" a tratar a los otros justamente.
"Parece ser intuitivo", dice la experta. "Hay gente que ha observado que incluso a los 18 meses de edad, los niños tienen expectativas respecto a cómo se deben compartir las cosas de una manera justa".
Y hay razones lógicas y humanas para que exista una tendencia hacia la equidad, dado que es indispensable para mantener relaciones estables, señala la especialista en conducta social en primates Susanne Shultz, de la Universidad de Manchester, Inglaterra.
Este estudio y otros similares, señala, demuestran que "la cooperación y justicia son aspectos fundamentales de la conducta humana. Pero éste además replantea a la inteligencia social en términos de cooperación más que de decepción".

La decepción

El engaño ha jugado un papel muy importante en los estudios científicos sobre justicia.
Mientras que este experimento le pedía a los niños que compartieran sus premios con un compañero tras completar una tarea juntos, muchos estudios se enfocan en si los humanos y otros primates engañan o castigan a quienes les ha tratado injustamente.
Un ejemplo clásico es el juego del ultimátum.
Un participante tiene que hacer una oferta para compartir algo de valor -como dinero- con el otro.
Su compañero tiene la oportunidad de aceptarla o rechazarla. Es entonces cuando llega el castigo.
Si la oferta es rechazada porque parece injusta, nadie recibe nada.
"Este nuevo estudio es un cambio bienvenido pues no examina a la inteligencia social desde una perspectiva puramente maquiavélica", opina Shultz.

lunes, 3 de octubre de 2016

¿Comer carne sin animales?




comer carne, pero sin animales

Tecnología culinaria: comer carne, pero sin animales

Google o Bill Gates invierten en tecnología para crear 'carne limpia' sin los inconvenientes de la ganadería
Algunos proyectos cultivan células musculares de animales (obtenidas de biopsias); otros prescinden por completo de material animal
De momento hay comercializadas hamburguesas vegetales; se trabaja en desarrollar otras de cultivo, y una carne de pollo sin crianza de aves


Albóndigas de carne sin carne
Albóndigas de carne cultivada sin haber matado animales
Cada vez hay más gente que decide alimentarse sin llevarse a la boca productos de origen animal por diferentes razones: éticas, por respeto a los animales, sanitarias, nutricionales, religiosas o de estilo de vida. Lo cual supone un reto, dado que una buena parte de la cultura culinaria mundial está tradicionalmente basada en consumir y cocinar productos animales, desde carne a pescado pasando por derivados de la leche o huevos.
Esto puede limitar los placeres de la mesa para quienes optan por abandonar por completo los alimentos de origen animal; tan difícil puede resultar que existen numerosos preparados que intentan con mayor o menor fortuna imitar los sabores y texturas de alimentos de origen animal hechos a partir exclusivamente de plantas. Una nueva generación de tecnología culinaria trabaja para resolver este problema desarrollando productos para que sean saludables, sabrosos y equiparables a los tradicionales pero sin utilizar ninguna sustancia de origen animal.

Carne sin sistema nervioso

Uno de los intentos más conocidos es el cultivo en laboratorio para obtener un producto muy similar a la carne picada pero que jamás ha formado parte de un animal como tal. Se trata de cultivar in vitro células musculares tomadas originalmente de un animal (mediante biopsia) y cultivadas en laboratorio. Sería por tanto carne éticamente correcta, ya que siendo verdaderas proteínas animales no ha sido nunca parte de un animal vivo con sistema nervioso y sentiencia. Algunas de las empresas que trabajan para desarrollar en el mercado este tipo de carne la han bautizado como ‘carne limpia’.
En 2013 se llevó a cabo la primera prueba; un laboratorio holandés consiguió cultivar suficiente carne para hacer un par de hamburguesas y probarlas en público como demostración publicitaria.
En aquel momento el coste era desorbitado: los procedimientos técnicos necesarios eran caros  y no se había puesto a punto un sistema de producción en masa para reducir los costes mediante economía de escala.
Aquella primera demostración fue financiada por Sergey Brin, cofundador de Google, con 325.000 dólares: un precio ciertamente prohibitivo para una hamburguesa pero interesante como prueba de concepto. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, y el precio actual de la cantidad de carne cultivada necesaria para una hamburguesa se ha reducido hasta los 12 dólares; mucho más razonable.
El sabor y la textura de la carne –han descubierto los investigadores– no sólo dependen de las células musculares sino también de una adecuada mezcla de grasas; conseguir una hamburguesa comparable a las de carne de animal no se limita a crear células musculares. Por eso y por la necesaria optimización del proceso de fabricación, no se espera que esta técnica sea comercialmente viable hasta dentro de algunas décadas.
En cambio,  Memphis Meats, una compañía que utiliza albóndigas como demostración de sus técnicas, espera desarrollar carne picada ‘limpia’ comercialmente viable en unos cinco años. Su principal reclamo comercial es la salud: su carne cultivada en laboratorio carecerá de aditivos, antibióticos y contaminantes de cualquier tipo. Además será más ecológica, ya que cada caloría de su producto precisará tres calorías de materias primas frente a las 23 que necesita la ganadería convencional.
La promesa de la empresa israelí SuperMeat es más radical todavía: su objetivo es conseguir carne de pollo 100% cultivada e indistinguible de la extraída del animal. SuperMeat quiere extraer células de animales, cultivarlas en laboratorio y –el paso más importante– organizarlas en una especie de tejido artificial tridimensional de modo que el conjunto tenga la textura de la carne real, algo que espera desarrollar para 2021.
El proyecto ha conseguido 100.000 dólares en el sitio de crowdfunding indieagogo para las primeras etapas de investigación, pero ahora necesita otros 500.000 para desarrollar la tecnología de creación de tejido. Como veremos después, no resultará sencillo conseguir imitar las sensaciones en la boca que proporciona la carne real, pero el objetivo es ambicioso: SuperMeat calcula que su producto usará un 1% del espacio y un 10% del agua y emitirá un 10% del CO2 que hoy necesita la carne de pollo convencional. Y sin dañar a ningún animal.
No cabe duda de que la carne ‘limpia’ o cultivada carece de algunos de los inconvenientes sanitarios, ecológico/económicos y morales de la carne convencional. Para algunos su desarrollo e implementación a gran escala es un imperativo ético, una necesidad si pretendemos seguir consumiendo este tipo de productos.
Pero no faltan los críticos. Hay quien encuentra inconvenientes como que la carne cultivada no respeta a los animales, que reducirá el número de animales vivos o que podría derivar en una forma de canibalismo (si se usaran células humanas como semilla). A la larga una combinación de razones económicas y culturales decidirá el futuro de este alimento.

Carne sin células animales

La carne, como alimento, no es sólo un conjunto de proteínas, grasas y tejido conectivo: es un estado del espíritu. Literalmente: los sabores y sensaciones que evoca un jugoso filete de ternera o una oronda hamburguesa provista de su adecuada sazón están en nuestro cerebro.
De hecho resulta bastante difícil definir, y no digamos capturar, algunas de esas sensaciones: las moléculas responsables nacen de la interacción de determinados componentes de la carne con el calor durante el proceso de preparación y tienen que ver con procesos como la Reacción de Maillard.
Lo que percibimos como sabor a carne es una construcción de la mente a partir de sustancias nacidas del músculo y el fuego. Si consiguiésemos reconstruir esas sustancias, junto a las adecuadas texturas, sería posible conseguir la sensación de la carne pero sin carne: 100% a partir de productos de origen vegetal. Este es el ambicioso objetivo de Impossible Foods, una startup de Silicon Valley creada por una estrella científica.
Patrick O. Brown era hasta hace poco profesor de Bioquímica en la Universidad de Stanford y su carrera es de las que quitan el hipo; ha sido cocreador de técnicas de miroarrays de ADN para estudiar el cáncer y miembro fundador de la Public Library of Science, entre otras cosas.
Pero además Brown es vegetariano desde los años 70 y vegano al menos desde 2004, y durante un periodo sabático decidió estudiar el problema de cómo abordar nuestra intensa y aparentemente endógena querencia por la carne desde el punto de vista de alguien que rechaza comer productos animales.
Su investigación preliminar le llevó a conseguir financiación para crear la empresa Impossible Foods, que ya ha sido capaz de crear una hamburguesa completamente vegetal que ha sorprendido a quienes la han probado.
La investigación de Impossible Foods concluyó que un factor fundamental del ‘sabor a carne’ es la interacción de la hemoglobina sanguínea con el fuego, especialmente el grupo hemo que forma su núcleo funcional. Sin esta molécula y sus derivados, el resto de las propiedades organolépticas pueden replicarse, pero el paladar echa algo de menos.
Para resolver el problema la empresa buscó una fuente vegetal de hemoglobina que encontró en las raíces de ciertas leguminosas tratadas mediante una técnica de fermentación.
Con este y otros materiales de origen estrictamente vegetal se compuso la ‘Impossible Burger’ que puede probarse en un restaurante neoyorquino con cierta división de opiniones entre los parroquianos. Algunos comensales consideran que puede pasar por verdadera carne, mientras otros destacan la diferencia; algo en realidad no muy sorprendente, dado que lo que sabemos altera nuestras percepciones del sabor.
El parecido es en todo caso suficiente como para que Google haya intentado comprar la empresa (sin éxito) y para que inversores de lujo del sector tecnológico (Bill Gates, entre otros) hayan invertido más de 182 millones de dólares en ella. La empresa también trabaja en desarrollar versiones vegetarianas de otros productos de origen animal como derivados lácteos, pollo, cerdo o pescado.
Todo ello, destacan, 100% libre de antibióticos, hormonas y colesterol, y también de alérgenos como las nueces (aunque sí puede contener gluten).  Lo más sorprendente: se trata de hamburguesas 100% veganas. La cuadratura de un complicado círculo.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Si no lo desecha, no querrá uno nuevo


El plan de Suecia contra el consumo desaforado: bajar los impuestos sobre las reparaciones

Si no lo desecha, no querrá uno nuevo: el gobierno sueco se enfrenta a la “cultura de lo desechable” reduciendo el IVA sobre las reparaciones de todo, desde bicicletas hasta lavadoras.


Una tienda de reparación de bicicletas en Estocolmo.
Una tienda de reparación de bicicletas en Estocolmo.
El gobierno de Suecia se prepara para reducir los impuestos sobre las reparaciones de todo tipo: desde bicicletas hasta lavadoras. El gobierno pretende que ya no tenga sentido deshacerse de los artículos viejos o rotos para comprar nuevos.

miércoles, 17 de agosto de 2016

La sostenibilidad de las ciudades

Medio mundo es ya urbano. Y los retos que esto plantea son innumerables: transporte, energía, desperdicios, servicios... Para mostrarlo, PLANETA FUTURO elaboró el especial Ciudades Espejo, para el que visitamos siete urbes con algo en común: en entornos muy complicados, con sus luces y sus sombras y, cada una a su modo, todas desarrollan políticas que pueden ser modelo de futuro. Al hilo de Habitat III (2016), la gran cumbre internacional de ciudades que se celebra cada dos décadas y que este año ha elegido Quito (Ecuador) como sede, presentamos aquí sus retratos junto a 15 proyectos en países muy dispares que aspiran a ser ejemplos replicables para un planeta más sostenible.
Para analizar tales retos, todo lo que supone el crecimiento de las ciudades en el mundo y en los países en desarrollo en particular, hemos grabado un programa especial en EL PAÍS-TV. En él ponemos el foco en diferentes urbes y proyectos que, por distintos motivos, tienen ideas e iniciativas que aportar y son ejemplo.Medellín (Colombia), Kigali (Ruanda) Ciudad del Cabo (Sudáfrica), Davao(Filipinas) y Curitiba (Brasil) son los destinos de este viaje visual. De la mano de los reporteros, fotógrafos y cámaras que estuvieron en cada una de ellas, conoceremos por qué estas urbes han ganado premios y se encuentran en el buen camino, intentando mejorar la vida de sus habitantes a pesar de las dificultades de su ubicación o sus historias sociopolíticas: contextos de violencia, precariedad o medioambientales.
En este programa hemos querido, además, sumar la voz de los expertos sobre la sostenibilidad urbana y las consecuencias si no conseguimos encontrar un modelo viable de habitat común y respetuoso con el medio ambiente en el medio plazo. Así, sentamos en una mesa de debate a Carmen Sánchez-Miranda, jefa de la oficina de ONU Habitat en España; José Fariña Tojo, catedrático del departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Madrid, y Francisco Javier González, arquitecto urbanista, miembro de la Asociación Sostenibilidad y Arquitectura (ASA).

Consulta aquí el ESPECIAL: Ciudades Espejo


http://elpais.com/elpais/2016/08/03/planeta_futuro/1470227743_115183.html
http://elpais.com/elpais/2016/06/16/planeta_futuro/1466100093_898260.html

¿Y si todos los fines de semana tuviesen tres días?

¿Y si todos los fines de semana tuviesen tres días?

Y eso, como mínimo

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Ron Swanson vuelve a trabajar ('Parks and Recreation')
Ron Swanson vuelve a trabajar ('Parks and Recreation')

Siempre que se acaba un fin de semana de tres días pensamos lo mismo: ojalá fueran todos así. Cuatro días trabajando, como mucho, y tres días descansando.
A pesar de que esto a algunos les sonará a herejía (¡con la que está cayendo!) lo cierto es que no solo es posible, sino que muchos lo consideran también recomendable, tanto para los trabajadores como para las empresas.

martes, 16 de agosto de 2016

Una ciudad tóxica bajo el Ártico



Una ciudad tóxica bajo el Ártico

El cambio climático va a sacar de las profundidades una enorme base militar de EE UU construida en la Guerra Fría, y que contiene toneladas de residuos tóxicos, según alerta un estudio




Para construir la ciudad se necesitaron enormes tractores. INSTITUTO NIELS BOHR.

Podría ser el argumento de una película pero es mucho mejor, porque pasó de verdad. En 1959, durante la Guerra Fría, el Ejército de EE UU construyó una enorme base militar bajo el hielo de Groenlandia. Se planearon hasta 4.000 kilómetros de túneles horadados a decenas de metros bajo el hielo, en medio de un desierto blanco que parece de otro planeta y a 200 kilómetros de la costa. Públicamente el objetivo de esta nueva base, llamada Camp Century, era la investigación, que se realizaría en cooperación con Dinamarca, el país soberano de este territorio. El proyecto incluía un reactor nuclear que abastecía de energía toda la base, con capacidad para unas 200 personas. Había oficinas, laboratorios, gimnasios, bares, capilla. Y bajo estricto secreto, sin el conocimiento de sus aliados daneses, el Ejército de EE UU también lanzó un plan para almacenar cabezas nucleares que podían dispararse contra la Unión Soviética desde lanzaderas subterráneas. Así era la “ciudad bajo el hielo”.